Estamos en Montségur. Estoy en casa, pero no hay nadie. Nyneve se habrá ido a comprar. De repente, veo a alguien desde la ventana. Está demasiado lejos, y no le veo bien el rostro. Me acerco. ¡Es León! Corro hacia él para abrazarle, pero cuando voy hacia él y lo toco, éste permanece serio y callado, como una estatua.
- ¿Jacques, que te ocurre?
Nada. Ni se immuta. Noto algo raro. Demasiado silencio en el pueblo. Miro a mi alrededor y noto como mi cara empalidece de repente y mi cuerpo desprende un sudor frío. Abro bien los ojos, estoy muy asustada. Toda la gente parece estar congelada, ni se mueve.
Pienso en León, y en Nyneve. Corro en busca de ellos. Me siento sola, tengo muchísimo miedo y el corazón me late más que nunca, más que cuando estoy con León.
Veo a Nyneve, corro hacia ella. Está como si nada. A unos metros más allá está León, sentado, con la simpática enanita en los hombros.
-¡León, porfavor responde León! Dime, que no estoy sola...
De repente, veo que estoy en la cama, son las 7 de la mañana. León está a mi lado, tumbado, durmiendo cómo un ángel. Estoy un poco asustada. Le toco.
-¿León?- susurro.
León dice unas palabras medio dormido, se gira y vuelve a dormirse.
Yo respiro tranquila. Suerte que sólo era un sueño.
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